2020 el Ciclo Escolar que nos dejó la lección más importante de nuestras vidas.

Es cierto que las puertas de las escuelas cerraron de un día para otro pero la enseñanza nunca se detuvo, se dice que la misión del educador trasciende programas académicos, rompe las paredes de las aulas y con tal de cumplir con su vocación supera el miedo a lo desconocido. Por ello las clases siguieron su curso.

En su libro Escuelas Comprometidas el Aprendizaje Según el Diseño Humano su autor Isauro Blanco nos recuerda que: “Enseñar significa sobre todo enseñar a vivir, según la fórmula de Jean-Jaques Rousseau. Vivir se asocia a una aventura porque comporta incertidumbres renovadas todos los días, con crisis personales o sociales, eventos mundiales inesperados y fuera de nuestro control, catástrofes económicas y todo lo que la vida implica. Vivir, por lo tanto, es enfrentar incesantemente la incertidumbre. Enseñar  —por consecuencia—  es un proceso para aprender a vivir fuera de la zona de confort.”  Blanco, Isauro (2016)

El anuncio de la pandemia y las decisiones de las autoridades para enfrentarla nos obligó a cambiar rutinas, a romper ciclos: espirituales, personales, familiares, laborales, académicos y recreativos. Los educadores respondieron a marchas forzadas para rediseñar estrategias y adaptarse a entornos virtuales. Su trabajo se triplicó, el “Enseña menos, aprende más” que alguna vez las autoridades educativas de Singapur eligieron como lema para contrarrestar la concepción de una escuela que solo transmite información, de pronto, se convirtió en un mandato global.

Nuestros relojes internos cambiaron de la noche a la mañana, había que hacerse de nuevas rutinas, marcar la pauta del día a día, practicar la autogestión, establecer esos límites protectores que sirven para forjar la disciplina no solo en nuestros hijos sino de alumnos, colaboradores y la de nosotros mismos. 

Las lecciones fueron y aún son para todos. Si sentimos que se nos había privado de algo aprendimos a preguntarnos de qué nos habíamos privado nosotros mismos, también se nos dio la oportunidad de convivir mejor con quienes convivimos siempre, a ser considerados, a cuidarnos unos a otros,  a comunicarnos a distancia sin ser distantes, a valorar la respuesta urgente del médico y la importancia del educador, a reconocer y apreciar a las profesoras que entraron en nuestras casas a través de las pantallas. 

También se presentaron pruebas fuertes que no debemos olvidar, la dictadura de las pantallas como idea única de recreación, la expansión de la llamada brecha digital y la desigualdad que significa, las pláticas cara a cara entre clases, la expresión del bullying a distancia, las limitaciones para evaluar, el incremento del estrés, el aumento de la violencia intrafamiliar y la enfermedad.

El ciclo escolar concluyó en medio del confinamiento, entre avisos oficiales y fechas inciertas, siempre con la esperanza de poder cerrarlo como de costumbre pero que terminó con graduaciones virtuales y sin festejos presenciales, una etapa que marcará a muchos y que nos invita a innovar, no en el sentido de aprender a usar aplicaciones o nuevas tecnologías sino a descartar más que añadir, a desaprender lo inútil para enseñar según el diseño humano, a ser ejemplo y reconocer que, aunque queramos, ya no podremos mantener un pie bajo la convencional pero sugestiva zona de confort en la que probablemente estábamos parados: 2020 es el Ciclo Escolar que nos dejó la lección más importante de nuestras vidas.