COVID-19, un reto para la familia

Se ha hablado sobre los efectos de esta pandemia en distintos ámbitos, desde los económicos hasta los turísticos, pasando por los de salud y políticos. Los efectos analizados, en su mayoría, son macros y poco nos hemos detenido en los micros, como en la familia.

Las circunstancias y argumentos son diversos: el gobierno ha decidido adelantar las vacaciones dos semanas, algunas intituciones educativas y de gobierno lo están haciendo antes, las distintas esferas de la sociedad se ralentizarán pues los servicios se irán reduciendo, los planes vacacionales en la playa han sido trastocados, las empresas e industrias reducirán sus operaciones al mínimo, y ante esto, la familia subyace como el núcleo esencial para sobrellevar nuestras circunstancias actuales.

Se intuyen reacciones muy diversas, que irán desde el reclamo airado de padres de familia contra las instituciones educativas sobre la irresponsabilidad de hacer asistir al colegio al alumnado con semejantes riesgos de contagios, hasta la preocupación por el “retraso” en el aprendizaje de sus hijos (a pesar de que se ha indicado que esas dos semanas de aislamiento forzado se recuperarán al final de año).

Contra esta vorágine de argumentos, reclamos y miedos, subyace la verdadera preocupación de muchos padres de familia que se preguntan: ¿qué haré con mis hijos encerrados tantos días en casa? La respuesta se antoja sencilla de escribir, mas no de aplicar. Qué vamos a hacer esos días: ser padres, simple y llanamente. Pues ante la necesidad de seguir trabajando (las cuentas no se detienen) y los hijos que reclaman
actividades ante el sufrido aburrimiento, nos encontramos en una encrucijada.

Es tiempo de ser padres, sin muletas ni ayudas, sin salidas al cine, ni al parque, sin fiestas ni vacaciones, sin reuniones ni salidas a comer… sin escuela ni cursos de vacaciones.

Los padres podemos demandar al colegio que nos reponga “las clases perdidas”, como si fuera su obligación por mandarnos a este aislamiento necesario; o sucumbir a las diversiones de la pantalla como una fuga a la realidad de encontrarnos como familia reducidos a cuatro paredes… menuda tentación. Seamos claros, los colegios no tienen esta obligación, pues ya repondrán los días perdidos.

Y la opción de convertir la casa en una escuela podría no ser lo mejor, pues eso de enseñar y ser maestro no es cualquier cosa. Mejor es enfrentar con valentía el reto de ser familia en medio de la contingencia y el aislamiento responsable. Aunque la pregunta se mantiene: ¿qué hacer con los niños encerrados en casa?

Aquí algunas ideas.

Primeramente, retomemos la calma, pues el día a día nos ha obligado a comer de prisa, a llevar nuestras conversaciones a la mínima expresión, casi como telegramas. Ahora busquemos disfrutar aquello que se hacía de prisa, a saborear una sobremesa sin teléfonos, a conversar largamente y con un café en la mano, a compartir la posibilidad de cocinar juntos y que los hijos participen activamente. Debemos disfrutar la calma de escucharnos sin interrupciones, de reír de buena gana, disfrutar de aquellas cosas que se hacen cuando hay tiempo.

Será momento de ver por los demás, de comprender que este aislamiento voluntario es una forma responsable de cuidarnos entre nosotros, pero también la ocasión de apoyar a quienes viven al día y dependen del trabajo de sus manos el sustento de la familia. Compremos en los negocios locales, apoyemos a las personas de servicio que estarán también en aislamiento, recibamos a los hijos de los amigos que tenga que ir a trabajar… Esto también aplica al interior del hogar y la familia, es una ocasión maravillosa de compartir las labores domésticas, desde la limpieza hasta la posibilidad de hacer pequeños arreglos. El prójimo por el que hay que ver es el más cercano, el que está en casa.

En medio del caos que se esta viviendo o se pueda producir, será necesario crear rutinas saludables, donde haya tiempo para cada cosa, para descansar, para estudiar, para jugar, para ver la tele, para reflexionar o hacer oración, si fuera el caso; manteniendo los horario que brindan seguridad a los niños. Para la mente de un niño o adolescente, el caos provoca intranquilidad y miedo; las rutinas crean seguridad. No se trata de establecer horarios rígidos, si no de crear noción de continuidad y seguridad. Asignemos ciertas responsabilidades diarias, actividades que deban realizar todos los días, desde tender la cama hasta pasear al perro, por ejemplo.

Sabiendo que es importante mantener algunos elementos del proceso de aprendizaje, es importante redescubrir el gusto por leer como una forma de ejercitar la mente y despertar la imaginación, pues ante las diversiones de pantalla, el libro, sea en el formato que sea, sale perdiendo de forma lamentable. Esta idea no se reduce a recomendar o indicar a los hijos que lean, con frases como: “ahí están los libros”, “lee a los clásicos”, sino de hacer un espacio para leer juntos, que provoque el diálogo y la compañía. Que cada uno, desde el más grande hasta el más pequeño, tenga su propio libro y comparta lo que lee. Si somos una generación de adultos poco lectores, qué será de nuestros hijos, cuando la lectura es la llave del aprendizaje perpetuo.

Ante la necesidad de regular y reducir las diversiones de pantalla, se han de construir espacios de diversión interpersonal, donde los juegos de mesa podrán ser desenterrados del baúl o rescatados del armario. Es tiempo de sentarse con los hijos a disfrutar aquellos juegos, sin prisa y sin presión, totalmente presentes. Se debe recordar que estos juegos proporcionan habilidades importantes, que van desde la estrategia de alto nivel hasta el
gusto de la suerte. Cuántas veces nuestros hijos nos han pedido que juguemos con ellos y la prisa suele poner fin a su ilusión; se han acabado los pretextos, es tiempo de estar con ellos.

Finalmente, es vital aprender que el aburrimiento es la puerta de la creatividad, pues en el torrente ingente de actividades en las que suelen estar nuestros hijos, de clase en clase, qué no queda espacio para aburrirse, en muchas ocasiones solo queda tiempo para descansar a medias. Ante la amenaza de los hijos aburridos, será necesario aguantar estoicamente sus reclamos hasta que la necesidad los orille a crear e inventar nuevos juegos. Será tentador caer en los brazos de las nanas electrónicas, no lo hagamos, pues le negamos a los hijos el regalo del aburrimiento.

Termino estas líneas como un padre que se enfrenta a este mismo reto, y al compartirlo también me lo digo a mí mismo como exigencia: seamos padres en estos tiempos.

Eugenio Fernández de Castro