Gran parte del esfuerzo para contener la pandemia recayó sobre los niños

Victoria Baratta es cofundadora de Padres Organizados, una de las agrupaciones que desde mediados de 2020 empezó a pedir la reapertura de escuelas. Historiadora e investigadora del Conicet, Baratta acaba de publicar un libro titulado No esenciales. La infancia sacrificada (Libros del Zorzal), que divulga buena parte de la evidencia científica que respalda la asistencia presencial de niños y adolescentes a la escuela durante la pandemia.

“No soy negacionista de la pandemia. Sé que es un momento delicado, hay gente que se está muriendo. Pero la escuela debe ser lo último en cerrar y lo primero en abrir. Es lo que sostienen las agencias de salud de Estados Unidos, de la Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud”.

Victoria Baratta

–¿Cómo fue el recorrido que te llevó a escribir el libro?

–Antes de la pandemia yo estaba interesada en estudiar qué había pasado con los niños durante la Guerra del Paraguay. En 2020 me shockeó la cuestión de que en Argentina los tenían confinados. Si bien hubo cierre de escuelas en 190 países, el confinamiento prolongado de los niños no fue algo común. Empecé a mirar evidencia para protestar contra eso. Yo vivo en provincia de Buenos Aires; las salidas recreativas de los niños estuvieron prohibidas hasta septiembre u octubre. Cuando de facto la gente empezó a sacar a sus hijos, luego de mucho tiempo de escuelas cerradas, empecé a preocuparme porque el tema educativo no estaba en agenda. No parecía prioritario ni esencial. Para julio o agosto ya había bastante evidencia de que había que dar prioridad a la apertura de escuelas. Pero el Gobierno no se hizo eco de eso hasta enero.

–¿Cuáles son las principales evidencias científicas que respaldan el esfuerzo por priorizar la presencialidad?

–Primero quiero decir claramente que no hay un lugar cien por ciento seguro. La escuela es un lugar bastante seguro, más seguro y más esencial que otros que estaban abiertos en Argentina.

Dicho eso, lo principal es que los niños no son pacientes de riesgo. Una bronquiolitis es más letal con los niños y no se los ha encerrado ni privado de educación por eso. Los niños son transmisores menos efectivos del virus: contagian menos que los adultos. Y se contagian menos. En general se contagian más entre ellos, o un adulto los contagia más a ellos, pero no ellos a los adultos. Es improbable la situación de que sea un niño el que contagie al abuelo.

En segundo lugar, en el mundo las escuelas abiertas con protocolos no han sido las impulsoras de los contagios en la comunidad. En todo caso, pueden acompañar el crecimiento de los contagios que se dan en la comunidad, pero nunca son las impulsoras. Y por la cantidad de testeos, controles y protocolos, son lugares que muchas veces funcionan como espacios de detección más que de propagación del virus.

Los consensos internacionales son muy claros en que las escuelas deben ser lo último en cerrar y lo primero en abrir. Todos los esfuerzos de la sociedad tienen que ir ahí. Es en la circulación, el transporte y la aglomeración de adultos fuera de las aulas, en la puerta del colegio, donde se pueden producir más contagios. El esfuerzo lo tienen que hacer los adultos, no los niños.

Por otro lado están los costos de tener las escuelas cerradas. Según los estudios, la virtualidad genera déficits de aprendizaje, en países del primer mundo como Bélgica, Países Bajos y Estados Unidos, donde el porcentaje de chicos que accede a tener una computadora para una clase virtual es muy superior al de Argentina. Dejan de llegar a los objetivos en lengua, en matemática, y muchas veces desaprenden lo que ya habían aprendido. En el nivel inicial hay regresiones; la virtualidad ahí no sirve.

Los consensos internacionales son muy claros en que las escuelas deben ser lo último en cerrar y lo primero en abrir. Todos los esfuerzos de la sociedad tienen que ir ahí. El esfuerzo lo tienen que hacer los adultos, no los niños.


Después hay costos emocionales, de salud psicológica, depresión sobre todo en los adolescentes. También en la salud física: aumentos en la obesidad infantil y en la malnutrición. Además la escuela es el principal lugar donde se detectan los abusos que sufren los niños.

También hay un impacto económico, porque muchas mujeres han tenido que dejar de trabajar para hacer de maestras de sus niños. La desocupación aumentó más en la franja de las mujeres jóvenes, junto con la sobrecarga de tareas que recayó sobre ellas. Está comprobado que el cierre prolongado de jardines va a impactar en caídas del PBI y caídas de los salarios de esos niños en el futuro.

Ni hablar de los niños con discapacidades, que sufrieron regresiones importantes en sus tratamientos.

Está bastante probado en el mundo que invertir en el nivel inicial y dar educación presencial de calidad predice un poco el futuro del país. Cerrar las escuelas refuerza el ciclo intergeneracional de pobreza. Y en Argentina, según la UCA que mide pobreza por ingresos, casi 65% de los menores de 18 son pobres. Según el INDEC, por pobreza multidimensional el 57% de los menores son pobres. La escuela cerrada solo profundiza ese problema. Porque la virtualidad estuvo garantizada solo para los niños privilegiados.


–En este momento vuelve discutirse el cierre de escuelas. ¿Cómo ves esas posiciones?

–La educación está compuesta por varios sectores. Para mí el sujeto de la educación son los niños y los adolescentes, entonces tiene que primar el bienestar de ellos. Las decisiones de gestión de una pandemia se hacen con costos y beneficios. No hay una solución total para el COVID-19, o en todo caso serán las vacunas que logren la inmunidad, pero por ahora no la hay.

Yo finalmente tengo un rol de divulgadora. Desinteresadamente, mucha gente de distintas disciplinas –médicos, epidemiólogos, pediatras, economistas, analistas de datos, especialistas en infancia– me fueron pasando la evidencia y ayudándome a interpretarla. Entre esa evidencia aparece que los docentes tienen un riesgo medio de contagio, en comparación con otras ocupaciones. Y los docentes de riesgo tienen licencia. Yo soy docente universitaria, este planteo no es en contra de los docentes. El docente puede hacer todo el esfuerzo del mundo con sus clases virtuales, pero lamentablemente la no presencialidad implica todos estos problemas, por más esfuerzo docente que exista.

–En una interrupción de clases presenciales, ¿el nivel inicial debería ser el último en cerrar?

–Sí. Hay diferencias entre los niveles. Los adolescentes contagian más que los niños. En general, cuando en el mundo se considera que hay que cerrar por un tiempo determinado, se empieza por la secundaria y en general los jardines y guarderías quedan abiertos, por lo menos para los hijos de trabajadores esenciales y los hijos de personas en situación de vulnerabilidad. Así hacen en Europa: no se cierra el sistema.

Sé que funciona por presiones de los sectores, pero me gustaría que se basaran en la evidencia científica. El otro día el presidente de la Sociedad Argentina de Pediatría declaró que el aula es un espacio bastante seguro. El problema está en la circulación, el transporte, la aglomeración de adultos, las reuniones sociales. Mi conclusión de eso es que los chicos deberían pasar más tiempo en el aula, no menos. A título personal, creo que para hacer que los adolescentes se junten menos fuera del colegio, sería bueno poder brindarles más tiempo dentro del colegio y más espacios de recreación.

Volver a pedirles todo el esfuerzo a los adolescentes y a los niños, cerrarles la vida, creo que es un error de los adultos. Espero que las decisiones se tomen a partir de la evidencia y que, si tiene que haber algún cierre, que sea segmentado geográficamente y por un tiempo acotado. Pero aspiro a que no tenga que pasar. Los chicos se contagian más en las casas que en el aula.

Volver a pedirles todo el esfuerzo a los adolescentes y a los niños, cerrarles la vida, creo que es un error de los adultos. Si tiene que haber algún cierre, espero que sea segmentado geográficamente y por un tiempo acotado


–La educación es responsabilidad de la dirigencia política, pero también de la sociedad civil. ¿Cómo ves ese compromiso social con la educación?

–Lo pongo en un escalón más abajo que la responsabilidad política. Creo que la pandemia mostró que no se tiene real conciencia del valor de la educación, que no era un tema prioritario. Mucha gente lo puso dentro de la grieta, en desmedro quizá de sus propios hijos. Hubo algunas ONG de la educación que en julio y agosto ya estaban alzando la voz, y parte de la política también, incluyendo algunas legisladoras del oficialismo. Pero era David contra Goliat.

Hubo gente cómoda, que ignoró que su realidad no era la de todos los niños. Muchas veces en las redes sociales a mí me decían: “Mis hijos tienen Zoom“. Pero según el Ministerio de Educación el 78% de los chicos recibía clases por Whatsapp, o sea que más que una clase recibían tareas asincrónicas. No se reconocían los déficits de aprendizaje.

Los niños no pueden ser la variable de ajuste de la pandemia, la sociedad les tiene que dar respuesta. El mundo se dio cuenta de eso: finalmente esta pandemia es como una gran “transferencia de recursos” desde los niños de países pobres hacia los ancianos de países ricos. Gran parte del esfuerzo para contener la pandemia recayó sobre los niños. Un año en la vida de un niño no se recupera, cada año tiene su desarrollo específico.

Ahora tengo la sensación de que los padres tienen más conciencia de lo importante que es la presencialidad, de cómo cambió el humor de sus hijos, cómo se relacionan, cuánto estudian. O escuchan en las reuniones de padres que los maestros dicen: “Todavía estamos viendo contenidos del año pasado”. Creo que hay más conciencia de que la virtualidad no reemplaza a la presencialidad y de que se perdió mucho tiempo.

–¿Qué balance hacés de la experiencia de Padres Organizados?

–Mi balance es positivo. Fue un grupo de gente que estaba en Twitter hablando de lo mismo. Nos juntamos, hicimos una carta y logramos llevar el tema a los medios con cada vez más fuerza. Lo hicimos desde un punto de vista riguroso, a partir de la evidencia, mostrándole a la sociedad que no tenía que meterles miedo a sus niños. Todavía hay gente que no manda a sus hijos a la escuela porque tiene miedo de que se contagien y se mueran de COVID-19. Pero la bronquiolitis o incluso la gripe común son más letales para los chicos. Se hizo mucho daño por no dar información, o por darla mal.

El periodismo tardó mucho en darle espacio a la educación. Con Padres Organizados en septiembre empezamos a ir a los medios, pero por ahí había un escándalo con un futbolista y nos decían que la nota no iba a salir. Recién en enero, cuando el Gobierno cambió la postura, lo pusieron sobre la mesa. Los estudios de televisión son un lugar mucho más inseguro que las aulas, el virus se propaga más. Es una actividad menos esencial que la educación. Y me parece que no dan el ejemplo.

De todos modos, soy medianamente optimista porque hay una mayor conciencia entre los padres. Pero la pandemia sigue, estamos en la segunda ola.

Entrevista de Alfredo Dillon, editor responsable de "Agenda Educativa" a Vicotria Baratta cofundadora de Padres Organizados e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en Argentina. 

Fuente: https://agendaeducativa.org/
Imagen: Archivos de UNICEF